A la memoria del “Musiú Lacavalerie”
I.
Si
usted, lector, me permite un dejo de nostalgia, le diré lo que ya he
dicho otras veces, que esa noche la tengo guardada para evocarla al
final de la vida, cuando me toque la hora de la verdad, la de la
despedida, chao a todos, me voy, pues, y, como se acostumbra en tal
circunstancia extrema, dedique el último aliento y las últimas neuronas a
recapitular las razones por las cuales valió la pena el paso por este
mundo.
Me refiero a un ya lejano día, creo que era viernes, de
enero del año 1986, cuando los Tiburones de La Guaira ganaron su último
campeonato y me quedé en el estadio celebrando con miles de aficionados,
compartiendo la misma fe por un equipo, el que interpretaba, más
fielmente que nadie, la pelota caribe, afirmado sea esto sin un ápice de
mezquindad, lo juro. La final fue un triunfo sobre el Caracas, 2 a 0,
gracias a un jonrón de Pérez Tovar, antecesor remoto de Gregor Blanco en
cuanto a elegancia y efectividad se refiere en la custodia del jardín
central. El manager era un moreno flaco, el dominicano Oswaldo Virgil y
en el equipo se encontraban Luis Salazar, Carrasco, Pedrique, Argenis
Salazar, el citado Pérez Tovar, Guillén, Monasterios y otros cuantos,
portadores del mismo ADN beisbolero.
Entre esos cuantos se
encontraba Gustavo Polidor a quien le seguí la pista muy de cerca, a lo
largo de no sé cuántas temporadas, creo que catorce, viéndolo jugar
siempre bien, sin mucha alharaca, con la elegante pericia de quien todo
lo lleva a cabo como si fuera pan comido, como si cualquiera lo pudiera
hacer, como si todo fuera cuestión de ponerse un guante y pararse por
allí. Fue mejor pelotero de lo que parecía, de lo que, en general, le
reconocieron y, probablemente, mucho mejor de lo que él mismo se creyó,
que a la chita callando se pasó su buen rato en las grandes ligas,
figura insustituible en el “infileld” guaireño. Para tristeza de muchos
de nosotros, fue asesinado por un tal “Hernancito”, quien seguro no
sabía a quién mataba, a finales de abril del año 1995, cuando aún nos
debía, seguro, unas cuantas temporadas más.
II.
Me
hice seguidor del equipo sin tener ninguna razón ni argumento, como
ocurre con las decisiones personales más trascendentes. Lo fui desde el
momento en que José Antonio Casanova compró, por un bolívar, la
franquicia del Pampero a comienzos de los sesenta. Me convertí en
fanático de la famosa “guerrilla”, la que ganaba hasta sin querer, el
equipo que debía “arañar para hacer las carreras”, según Norman
Carrasco, el de “un jitcito por allá, un machucón, un bateo y corrido,
un robo”, inventor, pues, de eso que llaman la guerra asimétrica.
Más
tarde, varios años después, cambié la condición de hincha y me hice
feligrés, la samba me sonó a música sacra y el amable sectarismo de
nuestros locutores, a santa palabra. Fue en la temporada 93-94 cuando,
como se lamentaba el personaje de un magnífico cuento de Rodrigo Blanco,
las cosas empezaron de verdad a salir mal y La Guaira hiló con cuidado
el tejido de sus pesares, imponiendo un récord de 14 derrotas
consecutivas, indicio de que seguirían varios años de infortunio. Para
colmo de males, en octubre del mismo año, José Ignacio Cabrujas, un
intelectual imprescindible para el país, publicaba su último artículo,
el mismo día de su muerte, disculpándose por haber intentado, sin
lograrlo, ser fanático de otros equipos y pedía ser readmitido en las
filas guaireñas.
III.
Por estos tiempos el equipo cumple medio siglo, Cincuenta años de pasión,
según el título de un libro que los conmemora, excelente factura de
Javier González y Carlos Figueroa. Lo leí de cabo a rabo, desde los
relatos iniciales hasta los de hoy en día, cuando el equipo es llevado
de la mano por Francisco Arocha y Antonio José Herrera, augurio, todo
parece indicarlo, de una época con muy buena cara.
En fin,
recorriendo sus páginas, constaté, por si hubiese falta hacerlo, que a
los Tiburones de La Guaira les debo una parte muy importante de la
memoria de mi vida.
Via: Ignacio Ávalos
El Nacional miercoles, 21 de noviembre de 2012

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